Trencada  

Versus

Leyendo B de Bauhaus de Deyan Sudjic (Turner 2014) uno se da cuenta de que el debate sobre si la era pos-moderna ha generado un cambio consolidado que pueda superar el movimiento moderno de Nikolaus Pevsner se ha eternizado. Dicen que la posmodernidad ha acabado siendo una repetición de antiguos cánones que sólo buscan una ruptura y que no tiene un contenido que haya llegado a la sociedad de forma tan general como el movimiento moderno. Puede que sea debido a sus múltiples ramas o a que cada uno se lo quiere hacer suyo, estirándolo demasiado y volviéndolo así heterogéneo.

Parece que la posmodernidad ha fracasado porque no ha acabado de tener una forma concreta, pero lo que seguramente pasa es que en realidad los grandes movimientos han dejado de existir en sí. Ya no podemos hablar de un movimiento único, sino de varios que coexisten; un reflejo de la sociedad artística y creativa, cada vez mayor, que busca su propia identidad en múltiples lugares del mundo. De hecho, con el movimiento moderno ya pasó un poco; teníamos los constructivistas, Le Corbusier, Bauhaus, el racionalismo escandinavo... con sus diferencias evidentes.

El concepto de moderno es lógico y racional. Este hecho facilitó su unificación, propagación y extensión, y hace que sea muy difícil de rebatir con los argumentos de nuevas tendencias; sobre todo si se hace desde un punto racional. Esto ha propiciado que seguramente sea el último movimiento homogéneo, si es que realmente lo es, que conoceremos.

 

 


En el diseño industrial, el funcionalismo, la idea de corrección y de armonía sencilla, es fácil de entender, dócil y difícilmente desbancable; a lo largo del último siglo han aparecido diversas formas contrapuestas al movimiento moderno para crear conceptos y formas, pero el racionalismo moderno continúa imponiéndose. Estas formas alternativas de diseñar siempre son buenas y generadoras de reflexión, pero no han tenido un resultado tanto global; seguramente porque de momento el racionalismo es el que más se aviene con la productividad industrial y el rendimiento económico.

Una de las vías para salirse del racionalismo y crear estos nuevos horizontes, es considerando que un diseñador es un artista. El MoMA fue el primer museo en aceptar piezas de diseño industrial, abriendo el camino a la yuxtaposición del arte y el diseño; y Ron Arad ya hace años que mueve sobre este concepto, después de que George Nelson abriera la puerta, ya hace años, afirmando que los diseñadores hacían arte. Está muy bien querer distanciarse del concepto moderno, cuadrado, funcional, riguroso y estancado, pero los diseñadores no nos podemos considerar artistas para hacerlo, no es la vía. La revolución industrial ha evolucionado la producción desde la artesanía, volver dando la vuelta desde el arte no tiene ningún sentido.

Para mí el concepto de diseñador-artista es una fantasía de grandeza, como si ser artista fuera un grado más. Una forma de justificar que uno hace lo que quiere y entender que el protagonista del diseño es el propio diseñador en vez del objeto, el uso o el usuario. El tema es que el artista real no está obligado a hacer buen arte, sencillamente hace lo que quiere y no tiene por qué tener conciencia de calidad. En cambio el diseñador si está obligado a hacer buen diseño para el usuario y éste se puede valorar en términos estéticos, ergonómicos, productivos, funcionales y económicos, por lo que debe ser un avance para la sociedad y un bien a la vez.

Además, la producción seriada está muy lejos del arte, con el permiso de Andy Warhol. A nadie le gusta comprar pósters de pinturas enmarcadas de IKEA que sospecha que tanta y tanta gente tiene en sus comedores. El arte, si quiere, tiene que ser único o casi único; la producción industrial no tiene opción, debe ser seriada.

Aceptamos la idea de que los diseñadores pueden coger del arte los procesos creativos o intenciones de sorprender y hacer pensar, pero no se pueden considerar artistas cuando diseñan; su objetivo no es sólo cultural, es también de mejora de la sociedad y de los bienes de consumo. El diseño puede ser crítico, pero no puede sustentarse sólo en la crítica. Y el diseñador puede ser artista cuando quiera, pero no cuando diseña. Ron Arad hace sillas que son obras de arte pero no diseños; una silla diseñada contempla otras cosas que no el onanismo creador.

Simplificar la ecuación haciendo que nuestros futuros diseñadores en las escuelas decidan entre sí son artistas o no es muy peligroso. Si se confunden y en vez de coger los recursos del arte se creen artistas, la dura vida laboral y empresarial les puede hacer añicos después, arruinando sus pretensiones de notabilidad creativa. Y si en cambio lo rechazan, no son capaces de ver el aspecto creativo del diseño y se vuelven totalmente racionales, pueden terminar siendo simples herramientas técnicas del sistema de producción de bienes, como un ingeniero o un mecánico. Hay que darles las herramientas, pero no la pretensión; necesitamos pensadores no ególatras.

Como conclusión, cada uno puede hacer lo que quiera, evidentemente, pero parece que el diseño en general está demasiado concentrado en revelarse contra el pasado y busca eternamente destacar; como si fuera un adolescente que se rebela contra sus padres y el mundo, renegando del movimiento moderno como si fuera algo malo y buscando perdido una fórmula para ascender a una mejor consideración social. Parece que los diseñadores en vez de querer hacer grande el diseño, queremos ser más que diseñadores: artistas. Los protagonistas. En cambio, las artes más instauradas o clásicas, como la arquitectura, son más maduras y veneran y respetan su pasado moderno sin que ello signifique que no puedan ser rupturistas conceptualmente. Es un tema de respeto, no es obligatorio romper con todo para dar el siguiente paso; poco a poco, ya saldrá.

El diseño es poco maduro y lo que tenemos que hacer es empezar a creer que es una forma de crear instaurada y valiosa, al nivel del arte si quiere, pero no es arte. El MoMA no dijo que el diseño fuese arte, dijo que era una forma de crear muy interesante.


 


Para ilustrar esta reflexión os dejo la propuesta de regaderas que veis. Quiere representar dos de las infinitas formas desde las que se pueden realizar un proyecto de diseño industrial de forma personal y teniendo como protagonista el usuario y el objeto, no uno mismo. Hay muchas vías respetables para afrontar un diseño, todo depende del momento de ánimo, la inspiración, la técnica o incluso del cliente, pero lo que está claro es que el protagonista no puede ser nunca el diseñador; menos en virtud de creerse un artista.

La regadera roja es racional. Tiene una capacidad ideal y calculada de carga de agua, tres posiciones para cogerla según nos convenga. Es estable, el caño es ancho para ir rápido en regar, tiene una superficie en el lugar de carga que evita que basamos agua, y sus proporciones derivan de la proporción áurea. Todo pensado, el protagonista es la productividad, el uso y la eficiencia.

La negra, en cambio, ha sido diseñada de forma intuitiva, tomando como referente un porrón de vino, que es artesanal y está formalmente ya establecido en nuestro imaginario. Es esbelta y tiene intención; seguramente no es tan cómoda. El protagonista es el objeto en sí y la raíz del entorno.

La diferencia entre las dos puede ser el mensaje, la pregnancia. Una es el cálculo de una regadera, la otra es la interpretación de una forma de un contenedor de líquidos preexistente. A través de la forma se puede leer este mensaje, seas o no seas diseñador, pero no vemos la grandeza artística del creador y éste pasa desapercibido.

No hace falta ser un artista protagonista rupturista anti-racional para hacer regaderas, es ridículo. Se trata de encontrar la manera propia de crear formas y funciones y poco a poco hacer grande el diseño, sin protagonismos personales. Ya llegaremos.

I hate Philippe Starck